
¿Recuerdas tu libro favorito de la infancia?
No tuve libros en mi infancia, salvo la cartilla escolar con la que aprendí a leer en la escuela. Primero el colorido cartón con el abecedario en mayúscula y minúscula y luego el Nacho lee, con su: “mi mamá me ama, amo a mi mamá y papá fuma su pipa”, frases de cajón que nada decían y totalmente fuera de contexto: mi papá ni siquiera fumaba. No es el momento, pero vale la pena cuestionar esos métodos de enseñanza de la lectura que poco privilegian procesos de pensamiento y comprensión.
En síntesis, no tuve libros en mi infancia.
Estos llegarían en la adolescencia, cuando descubrí a Hermann Hesse, Spinoza y a Friedrich Nietzsche, filósofos todos que se robaron mis tardes en la Biblioteca Departamental para luego ir a jugar fútbol con la cabeza llena de sus postulados. Lo más parecido a libros de mi infancia fue escuchar todas las mañanas a José Luis Perales, el cantautor español. Recuerdo que el sacerdote de entonces de ese pequeño pueblo caribeño en el que vivía, todos los días, muy temprano por la mañana, ponía música de este cantante desde los altavoces de la iglesia central, lo suficientemente fuerte para endulzar el oído a todos los moradores del pequeño pueblo. Perales entonces, y no los libros, es el culpable de mi gusto por la poesía. El gusto se refinaría más tarde con la lectura de Neruda, Benedetti y mi coterráneo Raúl Gómez Jattin.
La moraleja de todo esto es que: “considero que lo mejor que pueda pasar a la infancia de los niños es poder contar con libros, con muchos y significativos libros que siembren los pájaros de la imaginación y la creatividad en su memoria y cultiven en ellos el gusto por la lectura.
P/D: No se pierdan, si tienen hijos pequeños, la magia que ocurre cuando les leemos por las noches antes de dormir. No serán los mismos, ni ustedes tampoco. Serán, sin duda mejores seres.
Abrazo de luz.
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