Escribe sobre tu primer amor.
Tal vez no sea mi primer amor, pero si la primera vez que me enamoré o que sentí algo parecido. Esa extraña sensación que te hace comportar como atontado. Y bueno, si, se que preguntarán por “las mariposistas”. También estaban, revoleteando por el estómago, el hígado y el páncreas.
Atravesaba, desprevenidamente, los albores de los nueve años. Apenas superaba la extraña marrosidad que la leche materna deja en los labios y ya estaba enamorado. Pies descalzos, en pantalonetica y sin camisa pasaba los días al lado del Caño de Aguas Prietas, apostado en la ventana del viejo cuarto de mi madre, cuál centinela al asecho, montando guardia para esperar que pasara, Justo por el frente, Teresita, con su vestidito de volantes que escasamente cubría sus trece años y comenzaba apretujar los volcanes que se asomaban ya en su pecho.
Todos los días, a eso de las cuatro de la tarde, acostumbraba pasar de camino a la tienda a comprar café para la tía con la que vivía. El sendero angosto que quedaba frente a la ventana era una ruta obligada para hacer el mandado.
Era feliz con solo verla pasar, con sus “trencitas” de muñeca, a lado y lado de sus rosadas mejillas y su boquita de durazno. Era tan bella y tierna que llegué a pensar que no era real. Que era una encantadora muñeca de fina porcelana china que había cobrado vida por alguna suerte del destino. Pero no. Era más que real y yo tenía la fortuna de verla pasar todas las tardes frente a mi ventana. Pasaba y suspiraba. Pasaba de regreso y volvía a suspirar, cada tarde, de cada día, durante un muy largo año, el que tenía de vivir con su tía.
Cierta tarde, ya preso de una emoción que rebasaba con creces mi corazoncito de nueve años, tomé la decisión de salir a su encuentro y hablarle, decirle algo, expresarle lo que me hacía sentir. No dormí en toda la noche tratando de ordenar las ideas de lo que le diría. Pero, fue en vano. La madrugada me sorprendió y no tenía más que un “simple hola, cómo estás?. Sabía que no bastaba con eso. Sabía que debía parecer más grande y maduro de lo que era. Me superaba en cuatro años la edad y no podía desperdiciar la oportunidad, con algo insulso. Pero nada se me ocurría. Y si, simplemente le digo que me gusta y ya?. No. Mejor, no. Tal vez lo tomaría a mal. Y si le decía que era bella?. No, no encontraba el tono de voz adecuado para no parecer niño.
Era vacaciones y no tenía escuela ni afán. Así que me dediqué el resto del día a pensar lo que le diría. Lo cierto es que estaba decidido. De esa tarde no pasaría. Esa tarde pasaría de suspirar en la ventana al verla pasar a decirle que era la jovencita más linda del mundo, que me gustaba y que deseaba ser su novio.
Las horas pasaron lentamente, y sufrí la espera parado en la ventana desde las tres de la tarde. Tres y treinta, tres y cuarenta y cinco, cuatro de la tarde. Sentía que la ansiedad haría explotar mi corazón. Cuando, de repente, Justo las cuatro y quince, la vi venir de lejos: con sus trencitas a lado y lado, sus mejillas rosaditas y su boca de durazno. Tuve que respirar hondo para sostenerme. Pero no fui capaz de salir. Estaba como engarrotado, no respondían las piernas aunque mi cerebro les ordenaba. Cuando por fin logré salir ya había pasado. Así que decidí, simplemente esperarla. Allí atravesado en mitad de su camino. Imposible que no me viera. Allí le expresaría todo lo que había planeado. Venía de vuelta ya. La vi acercarse a una distancia de cien metros, noventa, ochenta. Ya podía mirar su rostro y sus trencitas y sus mejillas rosaditas. Cincuenta metros. Las piernas me temblaban y todo yo temblaba.
Pero allí estaba, parado en la raya, dispuesto a seducir por primera vez en la vida a una dama. Cuarenta metros, treinta metros. Un sudor frío comenzó a recorrer mi espalda. Veinte metros. Tan solo a veinte metros. No lo podía creer. Diez metros y pude ver por primera vez sus pupilas miel. Sentía ganas de hacer pis, tragué de una bocanada toda la saliva que tenía en la boca. Cinco metros. Raspé mi garganta haciendo un esfuerzo por no caerme desmayado. Tres metros. Dos metros y una voz menudita salió de mi garganta de nueve años y le dije: – hola- mientras extendía mi mano para tomar la suya y saludarla. Pero no pude decir nada más. Ella sonrió tan dulcemente que quedé de nuevo inmóvil. Me dio la mano y respondió con un – hola- . Fue tan rápido. Sostuve su mano unas fracciones de segundo, mientras cruzaba sin detenerse. No dije nada más, no dijo nada más que un simple hola, pero juraría que pude tocar el cielo cuando apreté su mano. Esa noche, el día siguiente, ni durante más de una semana me volví a lavar la mano y dormía con ella bajo mi mejilla como si fuese la almohada, mientras susurraba su nombre (Teresita….) y suspiraba.
Después de vacaciones marchó de casa de su tía. Supongo que a dónde sus padres. No volví a saber de ella, pero recuerdo como si fuese ayer sus trencitas a lado y lado de sus mejillas rosaditas y su boca de durazno.

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