ESTA Y TODAS LAS VIDAS

¿A qué países te gustaría ir?

A mi gran amigo, Taber Segura, fue a quien le escuché hablar por primera vez, hace años, de “las vidas pasadas”. Y, lo hizo con tanto empoderamiento que terminé comprándole la idea.

Sabes – me dijo, mientras compartíamos una cerveza un día cualquiera- “He tenido vidas pasadas y las recuerdo bien. Y eso explica ciertas cosas en mi vida: como mi atracción por ciudades que ni siquiera conozco, mi gusto por cierto fenotipo de mujeres, algunos hobbies y hasta miedos que he desarrollado o tengo en mi vida”. Incluso- cerró la idea- las fobias y hasta la manera como no me gustaría morir.

Atrapado por lo expresado, le pedí que ampliara un poco y continuó: – Fui esclavo en Egipto. Preso y a cargo de un mercader de Menfis, terminé mis últimos años ayudando a construir las pirámides. Sobra decir lo duro que fue esa experiencia de vida, cargando sobre mis hombros de sol a sol lozas de piedra caliza y adobe. Tuve una vida poco digna y de ahí heredé ciertos rezagos en esta, mi actual experiencia de vida, en este 2016.

Sabía de sobra de la gran capacidad de mi amigo Taber para leer y recrear historias de ficción, tanto que al principio me hizo mucha gracia. – al menos no fuiste una cucaracha- comenté haciendo algo de broma que no le cayó nada en bien. Es un asunto serio- me dijo.

Viví cerca a París alrededor del 1. 285 (D de C). En pleno surgimiento de la figura de un Rey. Por mi gran carácter y decisión ascendí socialmente en medio de la rudeza de la vida francesa de ese entonces. A tal punto, que el Conde de Verdarlains, depositó su confianza en mi, asignándome la seguridad personal del palacio. Fue mi época más dorada, querido amigo y continuó: – pero, todo terminaría mal. Tanto que siento que desde esa vida pasada quedé extrañamente condenado al infortunio del amor. La Condesa de Verdarlains, era, de lejos, la mujer más hermosa que hubiera visto el mundo de entonces. Que va!, qué mundo, el universo entero. Tenía la gracia encantadora de una Helena de Troya y el porte de una Diosa de la misma mitología, aunque su origen procedía de la dinastía de “Los Capetos”, un grupo humano lejos de la ascendencia de los griegos.

A dónde vas con todo esto- le interrumpí-.

No entraré en detalle- respondió- pero te resumiré que caí preso de sus encantos y los dioses de entonces conspiraron para que yo tampoco le fuese indiferente. El acto se consumó, en mitad del invierno del 1287. El Conde lideraba con su propia humanidad una batalla en la región más cercana del este y me dejó a cargo de la seguridad del palacio. Aquello fue mágico. Aún, 729 años después, en esta experiencia de vida actual, tiemblo con el recuerdo primitivo de su piel desnuda haciéndose el más dulce de los pecados. Ni las 12 experiencias de vida posteriores que he tenido pudieron borrarlo. Lo recuerdo tan claro, como recuerdo el bronce frío de la espada del Conde cercenando por completo mi garganta. Fue una muerte horrible. No diré si injusta o merecida. El hizo lo que debía hacer: refrendar su honor ante quien había traicionado su confianza y robado su tesoro más valioso. Aún, por las noches, 729 años después y al otro lado del océano, en esta América insalvable, siento el terror de morir nuevamente así. Cada que veo un arma blanca quedó paralizado y me agarro la garganta. Casi que puedo ver cada vez que eso sucede el brillo de los ojos del Conde.

Todo lo que te pasa en esta vida- terminó- son los rezagos de tus vidas pasadas. Si quieres te enseño a descubrirlas – me dijo, al tomarse el último sorbo de su cerveza.


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