«El universo es tu cuerpo. No hay nada que puedas hacer con tu cuerpo que no sea el universo mismo haciendo algo contigo» Alan Watts.
¿Dónde vivimos realmente?. Empecemos la búsqueda de una respuesta a esta pregunta embarcándonos en un viaje desde lo más remoto y lejano posible a lo más cercano. ¿Vivimos en el universo? La edad estimada del universo, 13.800 millones de años, no nos cabe en la cabeza ni en nuestra muy limitada comprensión del tiempo. Y si la dimensión temporal del universo sorprende, la física, la que tiene que ver con su tamaño, sorprende aún más, tanto que la forma más fácil de resolver el asunto para aproximarnos a su comprensión es asignarle el rótulo de infinito a esta amalgama de espacio, tiempo y materia que no deja de expandirse. Desde lo físico, comparando el tamaño, para el universo no somos nada, ni siquiera una ínfima partícula de polvo. Nuestra galaxia, la «Vía Lactea» contiene cientos de miles de millones de estrellas -como nuestro sol- cada una con sus propios planetas y sistemas, y más allá, existen lo que se conoce como «grupo local», un grupo al que pertenencen miles de millones de galaxias. La Vía Lactea hace parte de uno de estos grupos locales. Y el universo abarca miles de millones de estos grupos locales. Pensar, en consecuencia, que el universo es nuestra casa es como afirmar que no existimos, muy a pesar de que somos parte de ese universo. Y si el universo y la misma Vía Lactea son una casa tan grande que es imposible habitar de ninguna manera posible, entonces, ¿cuál es nuestra verdadera casa?
¿Es el planeta Tierra nuestra casa? Ese pequeño puntito azul que se formó hace aproximadamente 4.500 millones de años a partir de una nube de gas y polvo y que quedó condenada a penar alrededor del sol es también una casa demasiado grande para un ser tan liviano. Cuando pienso en el génesis de la evolución me imagino, una tarde cualquiera, al calor del más primitivo oceano, a dos insignificantes bacterias dándose un baño de solo y playa y coqueteando galantemente hasta consumar el amor. Este pequeño lazo de amor dio origen a toda forma viviente, cada vez más complejas y diversas, y con la suerte de poder adaptarse a los cambios del entonrno, hasta culminar en su obra maestra: su majestad el hombre. Pero nadie siente a la Tierra como su casa, porque es como una camisa demasiado grande, de bonito color, buen diseño y acabado, pero que nadie se coloca para ir la baile de la vida. La admiran eso sí, pero nadie la hace suya a pesar de las arengas y discursos, a pesar de la educación y los ambientalitas. Seguramente yo no es el «pequeño puntito azul» al que se refirió Carl Sagans, sino un triste puntito gris teñido por el humo de la conciencia de los humanos. Y si no es la Tierra nuestra verdadera casa, esa en donde en verdad habitamos, para ser y descansar, para vivir y amar, cuál es?
Mi casa, es mi país -gritarán algunos – con el pecho henchido de nacionalidad y orgullo patrio, al punto de poner muros infranqueables en sus fronteras para no mezclarse con la chusma de la otra orilla y preservar su ibecilidad e hipocresía. 195 casas, incluyendo al Vaticano y Palestina, para 8.000 millones de almas. 195 casas diversas y desiguales, algunas tristes, otras un tanto más alegres, pero todas, en lo absoluto, paliando la existencia. 195 casas en las que no cabemos y no necesariamente por el tamaño, sino por falta de voluntad, compasión y conciencia.
Entonces, tampoco es esta nuestra verdadera casa porque no nos sentimos a gusto en ella así lo disimulen las sonrisas de instagram.
Se reduce el espacio y nos queda la ciudad de concreto desnudo donde vivimos o el pequeño pueblo o el caserío del verde campo para asumirlo como nuestra casa. Pero, es en verdad la ciudad donde vivimos nuestra verdadera casa? Definitivamente no. Si lo fuese quiseramos quedarnos en ella, habitarla hasta el último de nuestros suspiros, pero no es así. Basta con asomarse a las afueras, a las periferias de las mismas para ver como huyen cada vez más en romería las personas de estas moles de cemento, agobiados por el estrés, agobiados por el ruido y la intolerancia, buscando un lugar más tranquilo donde descansar el pie y la fatiga de la vida, a las afueras de las mismas, en las periferias, en una mezcla rara de campo y ciudad que hacen suya, hasta que termina urbanizándose y salen otra vez despavoridos buscando un lugar más tranquilo. Y si fuera el campo nuestra casa también nos quedaríamos y no buscaramos irnos a la ciudad, cambiando el verde por el gris de los muros, del aire y del cielo, pero nos vamos, cosechamos nuestros últimos granos y nos vamos a mendigar la vida a las ciudades, algunos desplazados por los otros y otros desplazados por la soledad y el abandono del estado. Si no vivimos bien, si no vivimos a gusto, no podemos afirmar que sea nuesta casa tampoco.
Nos queda el barrio, la comuna, el caldo hirviente de los vecinos, algunos cálidos, otros totalmente indiferentes, entre más grande la localidad y la ciudad menos amables, menos saludos y mayor indiferencia, cada quien enredado en sus cosas. Se conocen más entre mascotas que entre humanos. Algunos bien ruidosos y otros friamente callados, tanto que asustan. Los dos extremos son malos. Nunca he escuchado a nadie decir: «mi casa, mi hogar es el barrio en donde vivo» porque también es un accidente en nuestras vidas, porque es donde nos tocó o donde podemos vivir. Todos sueñan con rodarse más al norte (si fuese el norte los de mayores estratos), lo más al norte posible para empezar a vivir, para mirar de reojo a los demás y saborear la vida desde el tener. Todos se quieren ir, rodar al norte o irse a una mejor comuna o barrio así no lo digan ni lo reconozcan. No es mi casa el barrio si me atracan para llevarse el celular o los zapatos, no es mi casa si no me siento seguro y a gusto, pleno y feliz.
Entonces, mi casa, es simplemente «mi casa». ese bloque de paredes siempre mal repartidas donde nos encerramos a ser familia y hogar, donde nos guardamos de la lluvia y del inclemente sol, ese bloque de paredes donde sufrimos a veces en silencio y a veces con los otros, con esos que son cercanos, nuestra tribu primigénita. Vivo en una casa/ en una casa vivo/ que es mi país/ mi continente/ en donde me refugio de la lluvia y del sol/ en donde me refugio de mi mismo y de los demás. Son los versos de un poema que escribí hace un tiempo, durante la pandemia, justo cuando entendía que eral la casa el lugar en donde habitaba, el lugar donde descansaba y crecía, donde era y estaba. pero, con el tiempo entendí, con el tiempo también comenzó a estorbar, a quedar grande, y me fui refugiando en el cuarto, en la alcoba, en las cuatro paredes donde dormía y escribía, donde amaba y soñaba. Esta si es mi verdadera casa pensé. pero tampoco. En la casa, en la alcoba está mi cuerpo, sentado, parado o recostado, pensando o soñando despierto, siendo o simplemente estando, pero no estoy yo, mi cuerpo descansa sobre un blando colchón y siento y disfruto de sus textura, pero es mi cuerpo, ese no soy yo. Me siento sobre el sillón y siento el alivio del descanso, pero ese no soy yo, es solo mi cuerpo cansado disfrutando del mueble. Entonces dónde estoy?, dónde vivo realmente?.
Estoy dentro de mi cuerpo, encerrado en él, allí si estoy, allí me escucho palpitar y respirar, allí late mi corazón y corre mi sangre. Es mi cuerpo mi casa. El templo sagrado que me da vida, el templo sagrado que me hace Dios. Pero, en donde, en el corazón o en el cerebro. En el primero siento la vida en plenitud y en el segundo, en mi cerebro, vivo como idea y pensamiento, como razón y como lógica. En cuál de los dos vivo realmente? o acaso vivo en los dos?. Y si es el cuerpo mi casa, entonces cuando muera desaparecerá la casa y yo con ella. O hay una casa invisible, no material, justo dentro de mí donde me refugio y donde habito como alma, como ser espiritual, perfecto y eterno?. Allí la siento, alli ha de estar.

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