Los pasos perdidos de la escuela

La escuela, como la sociedad misma, va dando tumbos por la vida.

No seré tan “fatalista” afirmando que la educación ha sido un fracaso. De haber sido así, no estaría yo acá intentando pensar y reflexionar acerca de la misma, ni tú allá intentando leer estas necedades. Tampoco tendríamos los avances que tenemos en todos los ámbitos de la vida, ni las organizaciones, ni las empresas ni la misma sociedad.

No obstante, si ponemos en una balanza, el cómo estábamos, el cómo estamos y el hacia dónde vamos, como humanidad, habrá que decir entonces que la educación no ha hecho bien la tarea o que, en su defecto, ha podido hacerla mejor. Si somos una sociedad a la deriva, si no sabemos de dónde venimos y hacia dónde vamos, si no sabemos por qué y para qué estamos aquí, entonces no ha hecho bien la tarea la educación o, en su defecto, ha podido hacerla mejor. De igual forma, si prima el egoísmo en el mundo, las confrontaciones fratricidas, la incapacidad para asumirnos como una sola especie y encontrarle una salida a nuestra existencia, a la desigualdad y la destrucción del planeta, entonces no ha hecho bien la tarea la educación o, en su defecto, ha podido hacerla mejor.

A quien diablos se le ocurrió que la escuela era una especie de fábrica en donde se producían, a gran escala, niños, niñas o jóvenes, idénticos, bajo los mismos patrones de conducta, bajo los mismos criterios y normas, metiéndolos a todos en una bolsa común y violando sus derechos a la individualidad, al propio y muy particular desarrollo de su ser, de su potencial y de su proyecto de vida?.

A quien diablos se le ocurrió meterlos en esa jaula humana, con barrotes y paredes, a enseñarles cosas que nunca utilizarán en su vida, mientras lo verdaderamente importante ni siquiera se menciona: cosas como la felicidad (el fin supremo de todo ser humano), como aprender a tomar decisiones, a gestionar su propia vida a partir del desarrollo de sus potencialidades, aprender a afrontar las dificultades, a ser resilientes, a gestionar sus emociones, a trabajar colaborativamente, a ser altruistas, a sentir compasión, a vivir en armonía con la naturaleza y con el universo, a resolver y gestionar con el otro y con lo otro, a vivir pacíficamente y en plenitud, no, eso no es importante, mejor sigamos con los conocimientos de las áreas duras, pues algún día tendrá que tirar mano del “trinomio cuadrado perfecto y las hipotenusas, para cruzar la calle y sobrevivir.

– A ver, niños, silencio que vamos a iniciar la clase de lenguaje- así de paradójicos, de cercenar la palabra en la clase de lengua, de mandar a callar en la clase de ética, de pedir que pinten la rosa de rojo y las hojitas de verde en la clase de artística. Así de paradójicos de quitar a los estudiantes del centro para ponernos nosotros, los maestros, con nuestros conocimientos, dueños absolutos de la verdad, esperando el momento oportuno para vaciarles los aprendizajes en los “tarros vacíos” de sus cabezas, así de escachados de pedirles que memoricen lecciones, datos e información y no enseñarles a pensar, a argumentar críticamente, a dudar y a cuestionar todo, incluso a nosotros los maestros, así de ilógicos de presionarlos para que lean y se enamoren de la lectura cuando nosotros no lo hacemos o pedirles compostura cuando nuestras vidas son de todo menos un ejemplo, o hablarles de democracia cuando sus opiniones no son tenidas en cuenta. Que bonito sería, en consecuencia, una escuela pensada por los niños y hecha de acuerdo a su forma de ver y entender lo que debe ser la educación, a lo sumo serían, sin duda, mucho más divertidas y eficientes.

No señores, no seré tan fatalista afirmando que la educación ha sido un fracaso, para culpar a los demás, a los estudiantes, a los padres de familia, al estado, a la sociedad, al cambio climático, a la tecnología, al ocio, a Dios, al universo, pero incapaz de revisar objetivamente mi quehacer como docente, todos menos yo, son culpables.

A fin de cuentas, como le escuché alguna vez al irreverente pero genial “Martín Barbero”: el sistema educativo es un sistema que poco funciona pero eso a nadie realmente le importa, en donde algunos piensan que enseñan y otros piensan que aprenden y al final ni lo uno ni lo otro, pero a nadie le importa.

El ácido es también contra mí mismo, que cargo a cuestas la magna responsabilidad de ser maestro.

A veces me preocupo más porque sean felices que por lo que aprendan.

Si coincides en algo, comenta; si no también comenta. Estaré ansioso de leerte.

Te abrazo!.


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